miércoles, 28 de marzo de 2012

Viajar a Viena, historia de un imperio a ritmo de música clásica

He de reconocer que mi primera visita a Viena, la capital de Austria no fue como debía haber sido. Recordando mi viaje a la capital del extinto Imperio Austrohúngaro me viene a la cabeza un símil que no sé si será acertado, pero que sin duda define bien lo sentido.

Katholisches Pfarramt St Elisabeth

Viena se acercó a mí, o mejor dicho yo a ella, cuando no estaba preparado. Como una primera cita con una mujer maravillosa cuando acabas de terminar con una relación de cuyo fin ni siquiera eres consciente, con el mal sabor en la boca de lo que podría haber sido y jamás será ya porque mi corazón pertenecía a otra. Pues ya no habrá una primera vez en Viena, y mi corazón por aquel entonces era de Budapest.

Y lo más extraño de todo es que quizás es la perfección de esta ciudad la que realmente imposibilitó el amor. Quizás llegué a extrañar esa dicotomía entre la clase de los palacios barrocos tan típicos de los Habsburgo y la gélida inerte presencia de los bloques de cemento comunistas que tan presente está en Hungría.

La ópera de Viena, Wiener staatsoper

El telón de acero no cubrió esta parte del Danubio, y el centro de la ciudad de Viena atestigua lo que en otras ciudades centroeuropeas no puede más que intuirse. La marca de un imperio que cayó con la llegada del siglo de las grandes guerras, pero cuya belleza, afortunadamente, trascendió. Y no lo hizo solo para regocijo de nuestros ojos, sino de todos nuestros sentidos.

Torre de la Ruprechtskirche

Porque la música clásica se oye en Viena desde que te bajas del autobús hasta que vuelves a subir. Se oye por los suburbios y con mayor intensidad en los jardines de algunos de esos inmensos palacios en los que imaginamos no hace tanto a Sisí, pero sobretodo, claro está, en el edificio de la ópera de Viena, desdeñado en sus orígenes y uno de los lugares más importantes de la ciudad hoy en día. Da igual lo moderna, vanguardista e intercultural que Viena pretenda ser hoy en día, su clase y su estilo no son algo que puedas hacer desaparecer en dos o tres lavados.

Der Hochstrahlbrunnen

Y si la música acaricia nuestros oídos, el chocolate de Viena deleita nuestros paladares en una suerte de lucha entre el placer y la culpabilidad que el primero tiene ganada desde el primer bocado. Si además visitas Viena en invierno, el ponche y el vino caliente (glüwein) harán aún más placenteras las frías tardes en la ciudad. Pero no hay nada de malo con disfrutar en Viena, si estás en tierra de nobles, acabas teniendo que comportarte como tal al fin y al cabo.

Como ves, afortunadamente, mi ciego amor no me imposibilitó disfrutar de Viena, y desde luego tú la disfrutarás tanto o más que yo, paseando por el centro, quizás en alguno de los carruajes de caballos que circulan por todas las calles, quizás con sus antiguas líneas de metro y tranvía. Seguramente en alguno de sus cafés de vajilla de cerámica y cubertería con detalles dorados.

Castillo de Belvedere

Hoy no te hablo de monumentos de visita obligatoria o de lugares en los que saciar tu hambre, ya habrá tiempo para eso en futuros artículos, hoy quiero que cierres los ojos, escuches a Mozart, y viajes conmigo a la Europa del siglo XVIII y XIX. No hace falta que lleves peluca.


Guía de Viena de Vivir Europa

Acabas de leer sólo el primero de los artículos de la guía de Viena que he escrito en Vivir Europa. Si quieres preparar aún mejor tu visita, pulsa en las imágenes siguientes para leer más.

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